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Cada vida cuenta

por Ãngel Guerra - 10/10/2009
 
A. G., doctor en biología e investigador del CSIC.

Talante es una palabra de moda. Sentir respeto y consideración hacia las personas o prácticas de los demás aunque repugne a las nuestras, que es lo que significa este vocablo, es una consecuencia de tener un buen concepto del hombre y mirar con simpatía todo lo humano. Se trata de una actitud de transigencia imprescindible para asegurar una pacífica y cordial convivencia. Nadie debería confundir, sin embargo, lo que es ser un ciudadano con talante y uno sin criterio.

Equivocación o error es un concepto relativo que hace siempre referencia a algo que es cierto o verdad. En determinadas cuestiones es muy fácil advertir que se ha caído en un desacierto, pero no siempre es así. Sobre todo es difícil, cuando no imposible, si la regla de oro imperante en un grupo es que no hay ninguna regla de oro, es decir, que todo vale porque todo es relativo. Cuando “todo” es opinable; cuando no existen verdades objetivas y no hay ningún tipo de coordenadas de referencia es imposible identificar el desatino, porque “todo” es subjetivo. Lo expuesto, que parece abstracto, acontece todos los días a nuestro alrededor referido a la conducta de los otros o a la nuestra propia.

Esta postura sin referentes y de absoluta tolerancia es el relativismo. Según esa corriente de pensamiento y de actuación la verdad de todo conocimiento o principio moral depende de las opiniones o circunstancias de las personas. Según esta postura, como las opiniones y las circunstancias son cambiantes, ningún conocimiento o principio moral es objetivo y universal.

Aquellos que militan en el relativismo moral están convenidos de que los principios carecen de importancia. Este repudio por los principios y a las grandes visiones éticas o morales ha traído como consecuencia que una persona con criterio o con profundas convicciones se considere un bulto sospechoso próximo al fanatismo. Así ocurre, por ejemplo, con quienes están en contra del aborto. Algunos defensores de lo contrario, perfectamente identificables como conservadores en muchos aspectos de su vida, suelen responder a los argumentos de los antiabortistas con: “Si no te gusta el aborto, no lo practiques”, o “El aborto está en contra de mis creencias, pero nunca impondría mis creencias a otros.” Estas frases hechas expresan de manera sencilla la posición de los que quieren evitar confrontaciones, es decir, no tomar una posición definida sobre el tema. La línea de los que, para evitar ser tratados de extremistas, quieren encontrar una solución intermedia. Sin embargo, no se puede apelar al hecho de que vivamos en una sociedad pluralista y caracterizada por el relativismo moral cuando la misma cuestión de quién es parte de esa sociedad, es decir, si incluye a los niños nonatos, es el punto de discordia.

El presupuesto relativista del que parten los defensores del aborto para reivindicar su posición revela un tremendo desconocimiento, cuando no desprecio, del posicionamiento de quienes defienden la vida. Si uno está convencido de que el embrión es un ser humano completo, es decir, una persona desde el mismo momento de su concepción, entonces los embriones que están en el seno de toda mujer, tanto si es favorable al aborto como si no lo es, son todos seres humanos, pues la ideología, aunque lo pretenda, no modifica la naturaleza e identidad de las cosas.
Este es el punto crítico, y lo es de tal manera que, cuando una persona defensora de la vida recibe argumentos como: “Si no te gusta el aborto, no lo practiques” “Tú es que escuchas poco y eres muy intransigente, ¡deja que cada una elija su camino!”, lo que exactamente está escuchando es: “Si no te gusta, no hace falta que participes en esos homicidios”. Ese tipo de contestaciones son equivalentes a decirle a un abolicionista: “Si no te gusta la esclavitud, no tengas un esclavo”, o manifestar a una de las personas que se opusieron al nazismo: “Si no te gusta el holocausto, no mates a un judío”. Ni más, ni menos.

Pretender el aborto libre hasta las 14 semanas de gestación, es una toma de posición basada en un hecho que los proabortistas consideran probado científicamente: que en esa etapa el embrión no es todavía un ser humano. Esto, que niega que la vida humana es un devenir, un proceso que comienza con la gestación- en línea con lo que la ciencia demuestra-es aceptar un principio irrefutable y categórico, lo cual, por definición, va en contra de relativismo. Y es que, en el fondo, el relativismo se contradice a sí mismo. El principio de que todo es relativo no es relativo, sino absoluto, es decir, es una pretensión velada de carácter absoluto. El relativismo es una soberana insensatez, un insulto al intelecto humano y un ataque directo al sentido común. Y el aborto es uno de los más dolorosos precios que hay que pagar por una total permisividad en el sexo.

El relativista no es un alguien que excusa y transige con la persona que está errada pero es intransigente con el error, sino que confunde el deber de respetar a la persona que opina y su derecho a opinar con el deber de respetar toda opinión. Es imposible gobernar sin principios o con supuestos principios que dividen en dos a la ciudadanía, como ocurre en el caso del aborto. Gran parte de los ciudadanos, entre los que también hay votantes socialistas, ya se ha manifestado en este sentido, y volverá a hacerlo el 17 de octubre próximo en Madrid. Habrá que ver si el Gobierno reflexiona está vez, deja de hacer únicamente caso a una fracción de la sociedad, y abre un debate franco e insesgado sobre este substancial asunto.

    
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