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Sobre un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos

La expectación de lo creado

por Guillermo Juan Morado - 13/07/2008
Adán y Eva. WEBLOGS.CLARIN.COM.

 

La expectación es una espera tensa de un acontecimiento importante. En la Carta a los Romanos (8,18-23), San Pablo presenta a la creación entera sumida en ese estado de espera. Y, en la creación, también nosotros, los cristianos, los que “poseemos las primicias del Espíritu” compartimos esa situación. El gemido de la creación, un gemido de parto, de alumbramiento de algo nuevo, se une a nuestro gemido interior, mientras aguardamos la redención de nuestro cuerpo.

 

Las personas humanas no somos sustancias aisladas, sino que somos un nudo de relaciones. La relación fundante, que nos llama a la existencia y nos mantiene en el ser, es la relación con Dios. Hemos sido hechos a imagen de Dios y estamos llamados a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios.

 

Estamos llamados, también, a la fraternidad. Nuestra naturaleza es la de seres sociales. Necesitamos la relación con los otros; el intercambio; la reciprocidad; el diálogo. Separados de los demás no podemos vivir ni desarrollar nuestras capacidades.

 

Una tercera relación se establece con el mundo, con la globalidad de lo creado. En el Génesis se dice que el hombre fue situado por Dios en un jardín (Génesis 2,8), donde podía cultivar la tierra y guardarla, sin que el trabajo le resultase penoso.

 

Una mirada a la realidad que vivimos pone de relieve la ruptura de esta armonía querida por Dios. La expectación de la creación se vive desde el caos; desde una creación sometida a la frustración, a la esclavitud de la corrupción. Y por eso, la creación gime esperando la renovación.

 

El jardín preparado por Dios parece haberse convertido en una selva impracticable, amenazante o, incluso, en un desierto. En un lugar, tantas veces, poco amistoso y apacible. No sólo ha hecho su irrupción el cansancio del trabajo, sino también el sufrimiento y el mal, en toda su extensión y en todas sus formas.

 

En el origen de este desorden, que adquiere palpablemente proporciones cósmicas, está el pecado, “el abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente” (Catecismo 387). La existencia del mal, de la crueldad, de las injusticias, es un recordatorio permanente, una prueba irrefutable, de la realidad del pecado.

 

El Catecismo describe ampliamente el panorama distorsionado que tuvo su origen en el primer pecado del hombre: se quiebra el dominio de las facultades espirituales sobre el cuerpo; es sometida a tensiones la unión del hombre y la mujer; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil y la muerte hace su entrada en la historia de la humanidad (cf Catecismo 400). “Desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda en mundo” (Catecismo 401).

 

Lo que motiva la espera, la expectación, es la certeza de que Cristo nos ha redimido; de que Él ha vencido el pecado. Él, nuevo Adán, es el Salvador que nos hace partícipes de su filiación y de su herencia: la vida divina; una vida que se inicia en el Bautismo, se desarrolla bajo la acción del Espíritu Santo y que llegará a su plenitud al final de los tiempos, con la resurrección gloriosa de nuestro cuerpo.

 

Vivimos en la tensión entre lo que ya poseemos y lo que aún anhelamos. Y la creación entera, el mundo material incluido, se asocia a esta tensión y participa en este destino. También el universo será renovado, transformado, restaurado a su primitivo estado. La jungla y el desierto serán, de nuevo, el jardín donde poder disfrutar “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

 

Mientras tanto, nos compete la tarea de dejarnos transformar por Dios ya aquí, en este mundo y en esta tierra, para que este mundo y esta tierra se vayan pareciendo cada vez más a los cielos nuevos y a la tierra nueva. En la medida en que con el amor venzamos al odio, con la justicia a la injusticia, con la fraternidad al egoísmo permitiremos que la gloria de Dios se refleje con más claridad en la belleza del mundo.

    
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