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Mes de Mayo: Hija de Sión

por Guillermo Juan Morado - 03/05/2008
La Expectación.

Contemplar a María, en el mes de mayo, es meditar sobre el plan salvador de Dios. Desde toda la eternidad, Dios estableció un designio benevolente, un proyecto de salvación. Él ha querido darse a conocer a nosotros y hacernos partícipes de su vida. Dios y el hombre no son realidades mutuamente aisladas, paralelas, incomunicadas. Dios ha pensado en cada hombre y cada hombre alcanza su destino, su realización, su meta y su fin en la comunión con Dios.

Libremente, movido sólo por su bondad y sabiduría, Dios quiso hacernos capaces - en una medida absolutamente imprevisible, considerada desde parámetros meramente humanos - de responderle, de conocerle; en definitiva de amarle. Gradualmente, como un buen pedagogo, nos ha ido llevando de la mano para que podamos acoger su revelación. En las cosas creadas ha dejado impresa una huella de sí mismo y, en diversa etapas, ha ido dispensando su salvación.

Todo el Antiguo Testamento muestra el celo de Dios por los hombres. Establece una alianza con Noé, con la pluralidad de las “naciones”, con todos los hombres vivientes. Elige a Abraham, para congregar en un pueblo a los hombres dispersos. Forma a Israel y, por medio de Moisés, le dio su Ley. A través de los profetas, Dios sembró en la humanidad la esperanza de una Alianza nueva y eterna. Una esperanza que será mantenida, ante todo, por los pobres y los humildes del Señor; por aquellos que sólo esperan de Él la salvación.

La figura más pura de esta esperanza es María. Ella personifica a la humanidad que espera, al Israel que cree, a los profetas que vislumbran una salvación radical. De María, Hija de Sión, nos vino Jesús, el deseado de todos los pueblos, Hijo de David e Hijo de Abraham. La alegría de María lleva a su plenitud la alegría de Jerusalén y la alegría del mundo. En su seno purísimo, Dios ha venido a reinar para darnos la felicidad auténtica.

Oración

Oh Dios, que has cumplido las promesas hechas a nuestros Padres, al elegir a la bienaventurada Virgen María, excelsa Hija de Sión, concédenos seguir los ejemplos de aquella que te agradó en su humildad y nos aprovechó en su obediencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

    
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