|  | | | | | Escena del Bufón. | | | |
Entre el 6 y 13 de abril los afortunados que hemos asistido a este evento hemos enriquecido nuestra mirada y pensamiento -tan razonablemente lógico y occidental- con los planteamientos de obras como Las Presidentas o la excepcionalísima El bufón, a la que quiero rendir mi homenaje personal.
Durante mucho tiempo, sin dejar de reconocer las grandes figuras que España ofrece y ha ofrecido a la interpretación, he mantenido un reconocimiento especial hacia esos que yo llamo “actores de la escuela británica”. Pero eso ha sido hasta ahora. Dos grandes actores, Niculae Urs y Horatiu Malaele representando El Bufón de Chejov han llenado el escenario con… ¿humor?, con alma, con una calidad interpretativa sin igual.
Un cómico se encuentra a solas en el escenario con el apuntador. El diálogo mantenido entre ambos durante casi dos horas nos ofrece la semblanza de sus propias vidas, de las frustraciones y escasos momentos dulces que pueden recordar ya, en esa etapa en que la edad parece cerrar el horizonte para proyectos ilusionantes, para el idealismo que suele acompañar a los sueños de juventud. “¿Qué somos? ¿Qué han aportado nuestras vidas a otros y a nosotros mismos?”. Es la pregunta que late constantemente en el fondo de toda la obra.
Ambos huyen de sus “enemigos”. Uno, del pánico a la soledad que se resiste a dejar que el otro se vaya. Otro del “narcótico” alcohol. “No. No bebo. Con una sola copa me emborracho”, repite el apuntador, mientras bebe y brinda una y otra vez por fracasos pasados y futuribles irrealizables, evitando volver a casa junto a una grotesca esposa a la que no es grato mirar.
Presentado con clave de humor, con una calidad interpretativa sin igual, hacen vibrar al público al son de los sentimientos que ellos mismos van mostrando externamente. Efectivamente las risas son continuas mientras que, lo que está “cayendo” son las gotas de amargura que se desprenden de sus sueños rotos, de amores que no fueron reales. “Era esbelta como un sauce, bella… Se enamoró de mí. Pero cuando le pedí matrimonio no aceptó. Se había enamorado del artista, no del hombre”. De una vida dedicada al teatro. El recuerdo de los mejores papeles interpretados y… ¿Qué queda de eso ahora? Ellos mismos dan la respuesta, respuesta que no sé si el público alcanza a percibir entre las carcajadas que su brillante manera de mostrar el drama producen sin parar. ¿qué es el teatro? Como el arte -nos dicen- “es un espejo para el mundo”.
Sus vidas parecen cerradas. El actor se suicida finalmente. Final esperado si desde el principio se sabe “leer” el drama profundo que con ese humor teatral va desvelando. Pero también poco antes deja el mensaje que no se debe perder. “Donde hay arte y talento, no hay vejez”.
Obra inspirada en “El canto del cisne” de Chejov que se transforma, aparentemente, en el canto del hombre cisne, del hombre artista, del hombre de sueños e ideales. En sus vidas encarnan los errores. Los abatimientos que hunden. A la vez, dan los mensajes que, sabiamente pensados y asumidos con el esfuerzo que conllevan, cambiarían esas vidas y sus finales trágicos. Porque no tiene por qué haber un amargo “canto del cisne” para el hombre. Una obra para ver dos veces, al menos. Unas interpretaciones -las de Niculae Urs y Horatiu Malaele- para deleitarse mil veces, al menos.
Entre el 6 y 13 de abril el ICR, Instituto Cultural Rumano ha enriquecido la cultura de la capital madrileña con una magnífica muestra de lo más selecto de su teatro así como con dos exposiciones, “Imágenes que cuentan historias”, obras de ilustradores rumanos y “Ángeles sobre cristal”, pintura sobre vidrio de María Constantinescu en las que crea un interesante diálogo entre las creencias religiosas y leyendas populares.
A lo largo de toda la semana El Teatro Arenal ha sido escenario de este magnífico botón de muestra de la cultura rumana, una realidad tan lejana como desconocida para esta nuestra tan occidental latitud de la geografía europea.
“Ritmos de la vida”, espectáculo muestra de una selección de textos hecha por los investigadores del Instituto de Folclore Rumano abría el evento teatral. El Teatro Estatal Judío presentó dos obras, “El juego de los reyes” de Pavel Kohout y “La novela de un hombre de negocios” de Shalom Aleihem. El musical estuvo brillantemente representado con obras como Un tango más o Juventud sin vejez, ópera cómica simbiosis entre las coplas interpretadas por Stela Popescu y las joyas de la música rumana adaptada en versión etno/pop.
Como crítico de arte y como creciente admiradora de esta cultura tan por descubrir para mí como para muchos españoles, sólo me queda manifestar mi agradecimiento por poder conocer estas otras, estas distintas, manifestaciones artísticas de calidad. |