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3 de September de 2010 |
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Antón Patiño Regueira, el librero muerto
Julio de 2005 POR Vm
Porque el libro, en realidad una sucesión de apuntes, recoge con escalofriante puntualidad la muerte, la prisión o la tortura de amigos de Patiño, víctimas todos del levantamiento militar de 1936 en A Coruña y Monforte. La elección de estas dos ciudades no es arbitraria, pues el autor nace durante 1919 en la primera y elige convertirse en hijo adoptivo de la segunda. Hace un par de semanas recibí la noticia de que Antón Patiño Regueira había muerto: tenía ochenta y seis años. Un amigo suyo, el gran Urbano Lugrís, le había honrado con dos títulos que cuadraban perfectamente a su personalidad: Librero y Señor, ambos con mayúsculas. Librero porque lo fue en grado superlativo: su establecimiento, Librouro, de la calle Eduardo Iglesias fue desde 1967 un templo de la cultura gallega en Vigo. En los años siniestros del franquismo, cuando el libro era un objeto subversivo pero también un arma cargada de futuro, en la trastienda de la librería de Patiño podían ser conseguidas ediciones venidas de Paris y Sudamérica, ya fuere aquella de "Sempre en Galiza" que el propio Patiño solicitó imprimir a Ediciós Galiza del Centro Gallego de Buenos Aires, ya fueren obras de Cabanillas o del antifranquismo que en Paris germinaba; cuando no era el propio Patiño quien se arriesgaba al editar libros que de un modo u otro desafiaban al poder cívico-militar-eclesiástico de la Dictadura. Tanto él como Raimunda Pérez Sobreira, su compañera, se jugaron el tipo frente a aquél régimen político que no estaba dispuesto a ver cómo "señoritos intelectuales" sembraban ideas que no le eran gratas. Claro que Patiño y Raimunda no estaban solos: les rodeaban sus amigos, su verdadero tesoro. Aparte de Lugrís, ya citado, valgan como ejemplo de otros menos celebrados los nombres de Blanco Amor, Cunqueiro o Luis Seoane. En Librouro hubo tertulias y reuniones donde se conspiraba, pues el amor a la libertad y la creatividad eran requisitos indispensables para asistir. Patiño era un librepensador, claro, educado en los ideales republicanos del galleguismo progresista, capaz de entusiasmarse con tantas cosas que enumerarlas produce envidia: creó la Feria del Libro en Vigo desde la presidencia de la Agrupación de Libreros y durante algunos días al año convertía la Plaza de Compostela en un ágora donde la palabra cultura se vivía intensamente. Pero ¿y su pasión por la Micología? Fundó la Federación Gallega y la Agrupación Micológica "A Zarrota", que tanto contribuyeron a extender por nuestra tierra esa afición. Pero no sólo sino también: amante de la filatelia, era un excelente versificador al estilo popular y muy hábil en tallar empuñaduras de bastón; amigo de manciñeiros y curanderos (de ahí su atención a Filomena Arias Armesto, probablemente la más importante curandera de Galicia), era un erudito en meigas y trasnos, de los que juraba ser amigo. Y probablemente lo fuese. Honrado en 1996 con el título de "Vigués Distinguido", también tuvo cierto renombre como pintor de paisajes y conferenciante sobre otros pintores. No en vano su nombre y primer apellido coinciden con los de un gran pintor nacido en Monforte hace cuarenta y ocho años: hablo de Antón Patiño, su hijo, que perteneció al movimiento Atlántica y fue colaborador de Rompente. Y un tercer Patiño nos viene a la memoria: su sobrino Reimundo, fallecido autor de "O home que falaba vegliota", conjunto de serigrafías que está en el Museo Carlos Maside. Reimundo fue miembro del grupo Brais Pinto que en Madrid puso la simiente del nacionalismo gallego actual; tras su muerte ha ido subiendo su cotización artística pero, por alta que llegue a ser, nunca se podrá igualar a su calidad humana. Son muchos los modos de manifestarse el ser de Galicia, pero uno de los más importantes, si no el más, es el de la cultura. Y ahí, en ese cosmos de sueños y realidades, ha brillado la figura del librero Patiño, del autor que me mantuvo una noche sin dormir con sus espeluznantes, a fuer de sencillos, apuntes sobre sus amigos muertos por la barbarie fascista. ¿Cómo olvidar ya los sucedido en O Portiño? Era 1937 cuando doscientos republicanos se habían organizado para huir a Francia en tres bous, su contraseña era "ángel de la guarda", pero una delación llevó a las tropas franquistas hasta los acantilados y dejó a los fugitivos entre los fusiles y el mar. Algunos fueron asesinados allí, otros pasaron por las armas días después en el Campo da Rata. Y tuvo que existir un tipo llamado Antón Patiño para que sesenta y tantos años después, en un acto de justicia, vivan aquellos nombres en la memoria de nuestro pueblo. Gracias, Antón; tú sí que descansarás en paz, en la paz de los justos. Arturo Ruibal. |
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